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PSICOANALISIS

De la máquina de coser Singer que me perseguía en sueños al Complejo de Castración

SIGMUND FREUD Y OTROS PSICOANALISTAS

PD: EN ESTE INICIO DEL POST PODEIS VER EL CLICK TO TWEET QUE SE CORRESPONDE CON LA ENTRADA ORIGINAL, PUBLICADA EN SU MOMENTO EN MI BLOG NUEVO VIAJE A ITACA. https://nuevoviajeaitaca.blogspot.com/ HE DE DECIROS QUE AQUI EL POST ESTÁ MAS DESARROLLADO EN ALGUNOS PUNTOS TRATADOS, SE HAN AÑADIDO COSAS PARA REFORZAR O COMPLETAR EXPLICACIONES QUE HE CONSIDERADO NECESARIAS Y ES MUCHO MAS LARGO. ACONSEJO LEER EL DE WORDPRESS POR ESTA SENCILLA RAZON

https://nuevoviajeaitaca.blogspot.com/2016/09/de-la-maquina-de-coser-singer-que-me.html

SIGMUND FREUD

A razón del título que acabáis de leer, os preguntaréis… ¿qué relación puede haber entre una máquina de coser y el llamado Complejo de Castración, término descubierto y acuñado por Freud y perteneciente a la teoría psicoanalítica? Pues bien. Me atrevo a responder que más que lo que en apariencia pueda pensarse. Si bien, antes que nada, me gustaría incidir sobre una cuestión importante. Y es la siguiente: queda muy lejos de mis pretensiones difundir una visión estereotipada acerca del Complejo de castración. Me he cuidado de no introducir clichés ni de hablar sobre cuestiones banales. A nivel popular y de calle, es obvio, siempre abundan los convencionalismos, las críticas hacia el Psicoanálisis, la práctica del empirismo, el chiste fácil, etc. Pero mi pretensión particular ha sido la contraria. Por ello, me he visto en la obligación de intentar no caer en posiciones demasiado esquematizadas, evitando que la simplicidad y la banalidad puedan influir negativamente sobre el carácter científico de los términos y conceptos desvirtuando su verdadero sentido, así que he intentado referirme a ellos con la mayor objetividad posible dentro de mis limitaciones. No puedo prometeros un análisis pormenorizado como especialista, pues no lo soy. Como neófita, podré tener aciertos, no lo pongo en cuestión. Es bastante probable que haya sido capaz de defender con un mínimo de objetividad la exposición de determinadas conclusiones personales a las que he conseguido llegar, con independencia de haber tenido que realizar un trabajo de documentación que se corresponde con las cuestiones principales de la teoría general del Complejo de Castración. Pero desde el conocimiento profesional os adelanto que es imposible. Así que, os pido por favor que me disculpéis si en relación a este objeto de estudio he podido incurrir en imprecisiones o en errores respecto del Psicoanálisis y el tema que se va a abordar. He querido establecer esta línea de demarcación de antemano y también dejar claro que no soy psicóloga, psiquiatra o facultativa, aunque sí un poquillo autodidacta.

Dicho esto voy a comenzar…

PRIMERA PARTE: UN CONTEXTO SOCIO-POLÍTICO VINCULANTE

La idea de hacer este post surgió tras leer un artículo publicado en un magnífico blog amigo. Os dejaría los enlaces pero ya me parece que no lo tiene, no puedo acceder a él. De los ensayos de su autora, era lectora habitual. Al artículo al que me refiero, en realidad está dividido en dos posts. En el primero nos hablaba del personaje de Coppelius y lo que transfería en cuanto a una atracción inconsciente hacia el miedo. En el segundo, por su parte, que complementaba y consolidaba su tesis respecto del primero, refería la misma cuestión a modo de posible conclusión resolutoria a la hora de abordar una tesis más o menos certera en su desarrollo empírico. Pero que estaba muy bien construida con todo su sentido lógico empírico, denotando bastante objetividad teórico experimental.

Como trasfondo nodular, mi compañera bloguera analizó en su momento, todo lo que rodea al cuento de Coppelius, de E.T.A Hoffman, historia literaria ficticia que describe el tipo de temor que siente su protagonista, el niño Nathaniel, hacia la figura del Hombre de Arena. En nuestra cultura el homónimo del ogro o monstruo sería el mismo hombre del saco tan ancestral y tradicional, sobre todo, en muchas regiones de España, donde se le ha tratado de forma fervorosa. Sin embargo, en el cuento, la situación no acaba ahí. Con el transcurso del tiempo cronológico y de la asunción de la adultez del propio protagonista, como un agravante en su evolución de la madurez pegada al problema de su infancia se le presenta de una forma intensificada ese miedo originario, que es sistémico y se ha cronificado, hasta el punto de llegar a convertirse en el hilo conductor de su vida personal como adulto, afectando a diversas áreas psicosociales. Bueno, no voy a detenerme aquí a profundizar en ambos artículos. Tan solo apreciar que ambas lecturas han sido las propulsoras de mi particular ensayo, el mismo que os mostraré en unos segundos.

Para continuar haciendo un cierto paralelismo desglosado en varios temas o puntos diacríticos, quiero significar que el elemento primario del que hemos hablado antes, entrelazado con la teoría científica que luego expondré como módulo catalizador, es una vieja máquina de coser de la marca Singer, el prototipo comercial más utilizado en tiempos del régimen franquista, por las amas de casa de la época. El objeto fetiche perteneció a mi abuela y supuso un legado generacional que mi madre no dudó en acoger con sumo gusto y laboriosidad, como era lo previsible en aquel contexto social dado.

Me parece curioso señalar que yo nunca he necesitado coser y tampoco he experimentado la vocación para ejercer tan honrada actividad, con la excepción del aprendizaje del punto de cruz que me impusieron las mojas debido, entre otros factores al orden social establecido motivado por cuestiones políticas que todos conocemos. Fue en el instituto religioso donde cursé la E.G.B.

Lo que sí presentí desde pequeña, al observar a mi madre en sus labores, se concretó en que el artilugio que conseguía remendar las rodilleras de los pantalones y las coderas de mis suéteres y chaquetitas de niña, era considerado una pieza clave en el hogar por parte de todo el mundo. Eran tiempos de ahorro, de trabajo artesanal, de bricolaje sencillo, tareas caseras y amor doméstico, hasta cierto punto, elementos intrínsecos que se justificaban también por el tipo de economía, aunque en mayor medida por criterios costumbristas y de rol de género ligados a la ideología dominante y represora. Por ir al fondo de la cuestión en este aspecto, añadiría que el factor educacional propio del Patriarcado en un Estado que había adoptado la forma de régimen fascista, limitaba coercitivamente la libertad e independencia de las mujeres, siendo, a su vez, machista y retrógrado. Lo cual redefinía a la baja el papel de la mujer, relegada a un papel secundario o totalmente accesorio, según los casos y en función del estatus de las familias; así, en algunas casas quedaba reducida drásticamente la libertad y la autonomía. Por supuesto, la evidencia sociológica y política de este argumento, se sostiene por su propio peso. Las libertades públicas y los derechos individuales adquiridos durante la II República habían adquirido un brutal retroceso debido a los años de Dictadura, como es sabido. Prácticamente, excepto los acérrimos seguidores falangistas, nadie se atrevería a negarlo a día de hoy. Por aquel entonces, tenías claro que solo te ibas a encontrar un porcentaje reducido de mujeres, constituyendo una positiva anomalía a contracorriente, disfrutando de cierto grado de independencia. Si jerarquizamos la edad, lo determinante en edades comprendidas entre los treinta a cuarenta años- me refiero a este baremo para ejemplificar la todavía pertenencia a la juventud- era depender económicamente del marido. En algunos casos, incluso para mujeres que trabajaban fuera de casa, la problemática citada era inquisitiva de igual modo. Una imposición del Estado que se mantuvo hasta bien entrada la década de los setenta, unos años después del inicio del aperturismo.

Creo que el problema de explicar toda esta dinámica sistémica e ideológico-política, aunque pueda parecer una redundancia histórica alejada, además, del tema psicológico “per se” que quiero abordar, tiene un efecto muy concreto, por el contrario, lejos de lo que pueda parecer a simple vista. Porque así puedo aportar una causa adicional a la aparición del ingrediente psicológico en sí mismo, ya que después cobrará vida a la hora de afirmarse como uno de los protagonistas desfavorables de mi niñez, entre tantas alegrías y juegos naturales perfectamente condicionados. Esto es, los terrores nocturnos asociados a una identidad clásica, que he mencionado anteriormente cuando os hablaba del cuento de Coppelius y el Hombre de Arena, su homónimo hombre del saco autóctono.

Efectivamente, a mi modo de ver, de forma pueril, pues tan solo contaba con cuatro o cinco añitos, me había autoconvencido de que el hombre del saco existía personificado en la figura misteriosa de la máquina de coser de mi madre, una Singer de color negro que andaba mediante un soporte de ruedecillas y que al parecer, tenía capacidad de orientación independiente. Esa era la conclusión, pues muchas noches repletas de sueños lúcidos, la máquina era capaz de salir por sí sola del cuarto de costura y pasearse por la casa en dirección a mi habitación.

EL COMPLEJO DE CASTRACIÓN. SEGUNDA PARTE.

Atendiendo al concepto psicoanalítico del Complejo de Castración, Freud lo define como el temor a la pérdida del pene en los niños. En el caso de las niñas, esta conjetura iniciática, que se convierte en una realidad pragmática a través de la observación de sus propios órganos y de percibir la carencia del elemento fálico, queda supeditada a la creencia temporal de que no se tiene porque, o bien, debe ser más pequeño y no se ve, o bien, porque todavía tiene que crecer.

El concepto fue descrito originariamente por Sigmund Freud en 1908 en un documento titulado “Sobre las teorías sexuales infantiles”. Aunque había sido citado superficialmente en el libro “La interpretación de los sueños”, también de Freud.

Cuando la amenaza de castración se convierte en un hecho consumado, la apreciación de que el falo nunca llegará a reproducirse en el cuerpo femenino, recrudece la mala relación o la visión negativa hacia la madre por parte de las niñas. La amenaza de la pérdida en los niños mantenida en el tiempo pero sin llegar a producirse nunca, es un factor clave que retroalimenta el final del proceso, el Complejo de Edipo. En las niñas se deriva hacia la creencia de que la madre es quien ejerce la castración. La versión femenina que demarca la identidad del progenitor castrante, en este caso, la madre, se reconduce hacia el llamado Complejo de Electra.

En cualquier caso, el Complejo de Castración no deja de ser una nueva y consecuente fase de desarrollo, de la evolución de la psiquis ligada a la sexualidad, un acontecimiento no solo cronológico, sino mental, asociado y vinculado a la formación psico-físico-mental dentro del proceso de maduración.

Pero si se añaden agravantes circunstanciales que operan contra la autoestima y la aceptación identitaria del niño o de la niña, tales como la intolerancia o el castigo paterno del padre y/o de la madre en distinto grado, la angustia puede comenzar a ser un factor determinante en el proceso; en algunas ocasiones, un condicionante negativo que afectará a la vida adulta. Todo dependerá del tipo de relación que perdure durante las primeras etapas de la infancia -el temor a la castración suele ocurrir entre los tres y los cinco años- de si el padre y la madre han sabido comprender las reacciones naturales de los infantes, si se han tratado las manifestaciones de la sexualidad fálica infantil con la sencillez y naturalidad que es requerida en una fase tan temprana, donde la comprensión y el entendimiento respecto del propio cuerpo y de sus señales fisiológicas son premisas indisolublemente necesarias y adaptativas.

Cuando el niño o la niña se autocensuran en su comportamiento, siendo como es la actitud de negación hacia el padre o la madre marcadamente inconsciente, inevitablemente deberá aflorar alguna huella residual en su psiquis infantil. El problema se convierte en estructural cuando la angustia no se libera emocionalmente por completo y crea algún tipo de condicionamiento posterior, influenciando de alguna manera la futura conducta.

En una niña el factor de temporalidad en cuanto al inicio del conflicto es diferente. Al principio, el niño siente el temor de la castración y todo queda ahí, no hay consumación porque el hecho no se ha producido, éste puede visualizar su propio órgano masculino. Es susceptible de sufrir la inducción a la pérdida imaginaria, programada, en todo caso, a efectos de riesgo, según la creencia particular del niño. Pero solo en términos especulativos o de posibilidad incierta. El proceso de castración masculino, tras un proceso en el que el chiquillo se ve obligado a salvar su órgano recurriendo a la renuncia sexual o a la manipulación genital, pondría fin al Complejo de Edipo. Posteriormente, se normalizará la situación. Para la niña, descubrir que no tiene pene significa prolongar dicho proceso, al deducir por la evidencia visual su carencia, llevándola esta circunstancia a considerar que ya está castrada de antemano. Esta angustia queda reforzada todavía más al observar que la madre es otra castrada. Por lo tanto, el desapego y el rechazo hacia lo materno adquieren una intensidad notable. Ya no piensa únicamente que ha sido mal construida por su propia madre. Al mismo tiempo, se da cuenta de que la made progenitora se encuentra tan carente de órgano masculino como lo pueda estar ella. El factor agudizante queda ejemplificado en la demostración práctica visual que le permite descubrir a otras mujeres en su misma situación generándose el detonante de la atracción hacia el padre como realidad necesaria.

Las aguas vuelven a su cauce normalmente de manera natural, inherente. Esto suele suceder por tres vías: a través del reconocimiento de la vagina cuando ésta sustituye a la percepción del clítoris en exclusividad; o bien, por el incremento del deseo hacia aquello de lo que se carece, es decir, del objeto fálico, siendo el desarrollo inductor hacia la madurez lo que hace transmutar el temor a la pérdida en deseo sexual hacia el pene del varón; o bien, cuando es alcanzado el objeto fálico deseado tras finalizar la espera, desencadenándose un instinto maternal que posibilite la idea mental de tener un hijo.

TERCERA PARTE. El COMIENZO DE LA RESOLUCION DE MI CONFLICTO

Por otro lado, y en mi caso, la angustia quedaba reflejada paralelamente en la manifestación de lo ominoso, situación que no hacía más que reproducir y reforzar el Complejo de Castración en la forma de pánico. Se traducía en un hecho repetitivo generado por la mente infantil al imaginar sistemáticamente que los objetos, las muñecas y los juguetes tenían vida propia. Nada fuera de lo común en los niños por lo demás, si no fuera por el elemento eslabón que ahora voy a describir, mientras mi personita permanecía envuelta en un proceso agudo de angustia.

Jugaba con la máquina de coser, por el día, emulando a mi madre de forma inconsciente, hablaba con el objeto en cuestión, como hacen los niños con algunos objetos inanimados, le instaba a vivir en una misma percepción dual, me relacionaba con el artilugio a modo de juguete interactivo. Me fabricaba una reciprocidad por lo que me pudiera pasar por la noche en mi habitación. Y todas las tardes contemplaba a mi madre mientras cosía. Entendía, a mi corta edad, que la autonomía y la funcionalidad eran cualidades muy positivas de las que mi madre carecía, pues observaba que no tenía la misma eficacia que mi padre a la hora de imponer su voluntad, ni cuando debía tomar decisiones operativas. Del mismo modo, no disponía de la misma fuerza física que los hombres de la casa. Y tampoco se desprendía de su cuerpo el pene biológico. Era lo mismo que me sucedía a mí. Recuerdo que me sorprendí a mí misma un buen día rompiendo a llorar y reivindicando la voluntad de ser un niño. Quería ser igual que mis hermanos mayores varones que gozaban de plena libertad para ir donde quisieran, que hacían uso de la fuerza bruta, que tenían pene.

Por eso, la percepción de que la máquina Singer era un artefacto siniestro, comenzó a teatralizar una angustiosa realidad, un paradigma, el criterio de una falsa verdad, un engaño inconsciente acerca de lo que suponía ser manejada por una madre mala. Como una disociación, la madre buena que cosía mis pantalones y suéteres se transformó en la doble maligna, siniestra, que se veía obligada a articular una máquina infernal, ajena a la bondad de quien domina la situación y no tiene que obedecer porque es fuerte y masculino, que no necesita coser los pantalones, los suéteres y las chaquetas de nadie, que trabaja fuera de casa o que puede salir a la calle cuando quiera, sin permiso o sin la necesidad de que le acompañe un adulto. Mi madre configuraba a la doble, el clon humano de una máquina de coser Singer de color negro similar a un demonio.

Desconocía en lo inmediato, que las dos figuras antagónicas que, en realidad, conformaban una sola, perfilaban una fuente de contradicción mantenida a buen recaudo en mi inconsciente de forma autocensurada, la repercusión del sentimiento de lo ilícito. No podía aceptarlo abiertamente. Sería una maldad por mi parte, el tener que contemplara a mi madre entrando a mi habitación por la noche clandestinamente para llevarme a rastras al infierno, puesto que era la artífice de mi bienestar, la que me cosía la ropa para que yo pudiera ir vestida decentemente y no pasara frío, la que me protegía para que nadie se burlase de mí por ir desnuda al colegio, la que me daba de comer.

Así pues, durante un tiempo, soñé repetidamente que la máquina Singer entraba en mi dormitorio y se me llevaba consigo. Muchas veces, al despertar, la resultante devenía hacia un estado de duermevela donde todo parecía transcurrir de manera tan real como la vida misma. Hasta que despertaba por completo de un sobresalto. Este hecho convertía la experiencia inocua de contemplar a mi madre cosiendo por las tardes en un drama terrorífico cuando caía la noche. Llegué a autoconvencerme de que a por mí venía el demonio resurgido de las entrañas de la tierra.

Hasta que una tarde significativa, mientras mi madre se encontraba en plena labor de costura, le confesé que hasta mi habitación se acercaba implacablemente un ser demoníaco en forma de toro. Dadas la forma y el contorno de la máquina de coser y su color negro, a mí me lo parecía. Mi madre me respondía en cada ocasión que el demonio no existía, lo cual, me dejaba un tanto perpleja, si bien, tampoco terminaba por aplacarse el terror sobrevenido.

LAS CREENCIAS SINCRETICAS ASOCIADAS AL TERROR PSICOLOGICO. CUARTA PARTE.

Dos cuestiones entroncan con el sentimiento de lo ominoso respecto del fenómeno de las apariciones imaginarias que también han sido definidas por Freud: por un lado, el carácter animista de espíritus que, en este ejemplo, denotan el mal, lo satánico, el caso del toro-demonio; Y, por otro, el fortalecimiento y recordatorio de un hecho, o concatenación de hechos que habrían sido previamente reprimidos. El regreso de situaciones y experiencias del pasado que, aunque en sí mismas no fueron necesariamente angustiosas, lo eran de manera fehaciente, tan solo por el hecho de que se volvían a repetir a través de las imágenes oníricas. Reiterándose las mismas situaciones, una y otra vez. Es por ello, que las pesadillas con fantasmas, insectos, cadáveres y otros monstruos en forma de dibujos animados, se convirtieron en recurrentes y en sinónimo de angustia adyacente por añadidura. También el recordatorio onírico de personas que en la vida real eran amigos, familiares queridos, personajes entrañables de la televisión; figuras neutras o benefactoras que por lo pronto se transformaban en monstruosas. Pero, lo peor de todo, era que en medio de todas esas representaciones morbosas y agobiantes, persistía el miedo a la visita de mi mayor enemigo: la máquina de coser Singer.

QUINTA PARTE: LA REPRESION DE LA CENSURA COMO TAPADERA DE LOS TRAUMAS. DE LO SUBTERFUGIO A LA EXPLOSION DE LAS MANIFESTACIONES ATENUADAS O SOLAPADAS QUE SUBYACEN EN LO MAS PROFUNDO DE LAS CAPAS INTERNAS DEL INCONSCIENTE. SINTOMAS QUE AFLORAN RECONDITOS AL CONSCIENTE DE FORMA INEVITABLE, A MENUDO, DE MODO IMPERCEPTIBLE, O BAJO UN DISFRAZ FORTIFICADAMENTE BIEN CONSTRUIDO QUE REFUERZA POSTERIORES PROCESOS EN CADENA.

Son estas particularidades, que vivencian la ficción aparentemente inmediata, de carácter turbio y mimetizado con resquicios de realidad cotidiana o bajo la apariencia de ensoñaciones oníricas, pesadillas, etc, una significación particular de los miedos infantiles que entroncan directa o indirectamente con los miedos ancestrales, muchas veces, formando parte de nuestra práctica social y nuestra inherente cultura conformada a través de siglos de irrupciones colectivas, antropológicas, puesto que este último vestigio sistémico forma parte del ADN de las civilizaciones en cuanto a las experiencias colectivas acumuladas por interacción de unos individuos con otros y cuya actividad se circunscribe al mismo entorno y contextualización específica -y no voy a cometer el error empírico de citar a Young y sus arquetipos e inconsciente colectivo traspasado de generación en generación según la interpretación seudocientífica de un visionario experimental. Creedme, aun con todo, hay paralelismos con Carl Young que sí explican el dinamismo de grupos de hombres, pero no quiero salirme del tema. No deja de ser una amalgama de tesis certeras unas, mezcladas con otras meramente atributivas u opinables, a partir de ciertas divagaciones subjetivas elaboradas tras la simple observación y que no vienen a cuento para complementar este estudio científico materialista.

Volviendo a los miedos infantiles de origen ancestral, que suelen venir de la propia práctica social y del mismo ser social que es quien determina la conciencia y no al contrario -Platón o Descartes me harían hacer cien flexiones- el temor a la oscuridad, a los fantasmas y a los monstruos, a los muñecos que reviven, el miedo a morir, en definitiva, como mecanismo de defensa que previene a lo incognoscible, aunque no sean fenómenos representados de manera explícita en algunas ocasiones, por el papel de la censura cumplen un papel de desahogo, de catarsis vivencial. En realidad, son los síntomas, se podrían definir más rigurosamente como epifenómenos, no son la causa del dolor, ni representan el dolor mismo. Lo acompañan, viajan junto al miedo y aunque son artífices profesionales del miedo y las reacciones fóbicas o traumáticas, por ejemplo, en un proceso de shock post-traumático, por poner un ejemplo sumamente gráfico y grave como síndrome agudo o crónico, intermitente o puntual, no son el problema. Pongo otros ejemplos extrapolados a otros ambitos o categorías experienciales: un epifenómeno es una exageración del síntoma elevado a la máxima intensidad por lo general pero la causa es subyacente a la hora de aplicar terapias. Son mecanismos donde las reacciones se avivan tanto que sus manifestaciones son un tanto hiperbólicas, aun cuando el sujeto lleve una vida más o menos normalizada y sus acciones no sean limitantes o desadaptativas. En una neurosis la cronicidad suele ser la tendencia estructural, basal, mantiene como característica la levedad de su pronóstico, de facto. Pero un síntoma traumático como manifestación epifenomenológica se puede comprender mejor intelectualmente si lo comparamos con el ruido de una máquina, pues éste elemento acompaña a la máquina pero no conforma sus mecanismos técnicos u operantes. El ruido es, por tanto, un epifenómeno; el dolor acompaña a la herida pero no es la causa de aquella, aunque pueda considerarse una consecuencia de la misma. Tampoco la fiebre es la causa de una enfermedad, por lo pronto, es una manifestación sintomatológica, una reacción de alerta que se caracteriza como parte de la gripe pero esta está provocada por un virus. Las fobias y los traumas acompañan a la enfermedad, al trastorno o al síndrome en su funcionamiento y evolución, no son etiológicamente los causantes. Si se logran eliminar esos síntomas accesorios se consigue paliar el sufrimiento pero el estímulo que ha originado dicho proceso patológico continua activo. Y aunque lo accesorio permanezca dormido por un tiempo, ante sucesivos estímulos operantes que se puedan desencadenar por recuerdos, hechos que contengan la misma naturaleza perturbadora o analogías situacionales, volverá a reactivarse la dolencia si se dan una serie de condiciones que se influyan entre sí.

Para distinguir lo ominoso y lo angustioso de la ficción, a partir de una experiencia que se repite, contraponiéndola a la realidad consciente, los niños que presentan terrores, por ejemplo, éstos establecen sus vivencias también en el plano de la realidad.

Para no quedar insatisfecha y traumatizada, en este caso hablo de mi caso infantil -y aunque los adultos lo puedan percibir a través de un mecanismo parecido- la mente infantil suele posponer el final de sus pesadillas. Freud establece la premisa de que es más angustioso y ominoso el sentimiento de lo reprimido cuando no aflora al exterior de forma clara, que cualquier experiencia vital real que sea superada o concluida, aunque su final sea potencialmente negativo. Las vivencias reales suelen experimentarse de forma pasiva, mientras que todo signo onírico referido en la ficción a través del recuerdo o la verbalización, o en los mismos sueños, por contra, se conduce o reconduce por el inconsciente, variando su contenido manifiesto. De tal forma, que una situación que en la realidad transcurre con un principio y un final lineal, unilateral, concluso, es en los sueños y en lo que permanece reprimido, donde se representa varias veces y en distintas tonalidades y versiones, provocando diversos e intensos efectos.

Después de haberle confesado a mi madre lo que me pasaba, tras contarle mis sueños y pesadillas y después de haberme sincerado al contarle el miedo atroz que se apoderaba de mí durante muchas noches, poco a poco, en un movimiento temporal intermedio, tales manifestaciones de angustia fueron bajando en intensidad emocional, en viveza y en carga sensitiva, reproduciéndose en intérvalos de tiempo cada vez más espaciados entre sí, diluyéndose su actividad frenética y remitiendo por completo.

CONCLUSIONES FINALES

Para terminar, quiero remarcar que el Complejo de Castración no establece un cuadro clínico, ni alude al nombre de una categoría diagnóstica o patológica, ni tiene por qué ser la antesala de ningún transtorno.

Freud situó la castración como una de las fantasías primigenias del hombre, generadora de acciones y efectos psicológicos, sin necesidad de haberlos llevado a la práctica en la realidad.

Las castraciones conforman un catalizador energético importantísimo a la hora de buscar objetos, elementos vitales perdidos y atribuciones asignadas que han sido desposeídas de su carácter original, o desaparecido de la personalidad del sujeto. Ayudan a redefinir la propia personalidad identitaria y contribuyen notoriamente a la autorrealización. Son capaces también de cauterizar heridas de niñez, como un mecanismo de defensa preventivo. En cuanto a la vida plena, a la autorrealización u autosatisfacción en la vida, se retransmite en vivo y en los hechos, no es solo una forma de sentir o un estado espiritual o simbólico. Se ejecuta mediante ejemplos pragmáticos: la búsqueda de pareja, la concepción o cuidado de los hijos, y la incursión en el desarrollo y la capacitación profesional.

APENDICE Y NOTAS FINALES

Freud establece una teoría científica materialista, según esto, lo que fijan los postulados del Psicoanálisis se consideran leyes. Por tanto, no es una ciencia empírica atendiendo al método experimental, no necesita ser demostrada desde fundamentaciones empíricas basadas en la mera observación de los cinco sentidos, utilizando un microscópico o baremos de cotejo a nivel de estudios o muestreos de la población atendiendo a variables y parámetros medibles.

Por otra parte, en la psicología freudiana, el desarrollo motriz en el proceso de maduración es directamente proporcional al crecimiento evolutivo psicosexual y se dirime como un elemento o foco central, nodular dentro de la teoría psicoanalítica, directamente vinculado a las pulsiones sexuales. Según este criterio científico, el ser humano, desde el nacimiento, posee una “líbido instintiva”. Viene a se lo mismo que señalar que disfrutamos de una energía sexual inherente, entendida en su sentido más amplio, no solamente genital, y es inherente como otro tipo de pulsiones más primitivas o funcionales, orgánicas, como el hambre, la sed, el sueño, el frío, etc. Ambos dos tipos, en distinta gradación de conciencia, escasa o más elevada, son como una especie de cargas de energía que necesitan ser liberadas. Otras son más sofisticadas y complejas como el hecho de la misma trascendencia referida por las pulsiones de vida y de muerte y donde sí interviene aparejada la conciencia ligada a lo espiritual o por ejemplo a las ritualizaciones, pongamos por caso, las funerarias que implican transcendencia más allá de la propia físiología. Freud lo representó a través de una dualidad de contrarios, tomando como referencia dos arquetipos que conforman dos sendos paradigmas significativos para todo tipo de culturas. Son de origen etimológicamente griego, a partir de la cultura mitológica, estableciendo, a su vez, un paralelismo poético que gracias a su naturaleza dialéctica contiene, al mismo tiempo, un carácter científico. Ya que la mitología es una manifestación cultural que denota cómo interpretaban el mundo nuestos ancestros transmitiendo una determinada poslción de pensamiento y de sentir. Las manifestaciones culturales de ese tipo son consustanciales al hombre definido como ser social por naturaleza, por ello, tiene la capacidad de asumir impulsos emocionales bajos donde no interviene la razón ni el intelecto y que muestran cómo se siente frente a la vida y a la muerte representativos de un mismo ciclo de perpetuidad. El Eros y el Tanatos.

La excitación sexual es la fuente de la pulsión, es una reacción dinámica, como una fuera que empuja, en este caso, una carga de energía que tiene un fin, es decir, es un estado de tensión que tiene una función, la descarga de esa función porque se ha generado una necesidad corporal. Sin embargo, no es lo mismo pulsión que instinto, el segundo es una característica heradada y adaptada al objeto, el hambre y el frío que citábamos antes. Las pulsiones son limítrofes entre lo psíquico y lo orgánico y una pulsión sexual es ni más ni menos que un fenómeno biológico con una representación física donde interviene la mente.

Por eso, Freud nos descubre la teoría sexual de las fases distintas en la infancia: fase oral, anal, fálica, de latencia y genital. En la conducta manifiesta del sujeto, a veces no es observable por la vista y el resto de sentidos (de ahí la concepción de Ley científica que posee el Psicoanálisis. No es un estudio empírico, basado en la observación de una serie de reacciones. Sino que se conocen a través de sus equivalentes psíquicos: deseos, tendencias, excitaciones, representaciones, fantasías, sueños, ensoñaciones, etc. Y toda manifestación psíquica llega a la conciencia deformada, transformada. En el Concepto de Castración, al no ser consciente el individuo de lo que se reprime, se tienden a repetir en la vida cotidiana los sucesos causales del fenómeno, causando efectos como el Complejo de Edipo o el Complejo de Electra (enamoramiento del padre o de la madre, ausencia o miedo a la pérdida del pene). No está causado por la herencia genética, como los instintos. La tendencia sexual u orientación de género no contradice las fases sexuales, ni las pulsiones ni el Complejo de Castración. Ni está heredado. Porque no es instinto animal heredado, ni está adaptado biológicamente a su objeto.

Sin embargo, la sexualidad en el hombre y la mujer, con independencia de su orientación de género, tiende a descargarse según el principio de constancia y es un resorte del funcionamiento del aparato psíquico. Porque también interviene el consciente, el preconsciente y el inconsciente. A su vez, existe la represión inconsciente de las pulsiones y los deseos; y la censura, que impide que no nos demos cuenta de la pulsión o un deseo de líbido a nivel consciente y aun así lo manifestemos conscientemente en nuestro comportamiento de forma distinta, o a través de los sueños, sin reparar en ello.

Un libro recomendado: Tres ensayos sobre una teoría sexual y también La interpretación de los sueños, a colación con el tema.

Otro aspecto importante acerca del Complejo de Castración es que no está condicionado, forma parte del proceso de maduración en los niños, aunque no tiene por qué haber manifestación en todos. Suele normalizarse el proceso cuando irrumpe y se produce en la fase sexual infantil llamada fálica. Los niños pasan por varias fases de proyección de la líbido temprana, descargando pulsiones.

En la fase oral, que va desde el nacimiento a la edad de un año, tiene predominancia la boca, durante el amamantamiento, por ejemplo. En la fase anal se producen tocamientos en el propio ano durante el baño y la higiene, etc. Lo que sí repercutiría en un condicionamiento posterior estaría determinado por el hecho de no tener ocasión de descargar las pulsiones sexuales. Un ejemplo de ello es que los niños que no exteriorizan adecuadamente estas fases desarrollan ansiedad.

Y durante la edad adulta la neurosis no es más que la manifestación reprimida de la sexualidad infantil. Los niños pequeños son perversos poliformos, orientan hacia cualquier parte de su cuerpo su líbido o placer sexual. Un ejemplo de fijación psicológica derivada de la infancia es mascar chicle o roer la tapa del boli, en casos en que la fase oral no ha mantenido sus manifestaciones o han sido reprimidas por castigo de los padres, reproches, etc. Sí que es cierto que puede haber un condicionamiento posterior conductual cuando se alcanza la adultez. También es cierto que la socialización dirige los impulsos libidinales hacia la heterosexualidad adulta. Pero existen las tendencias naturales.

Hasta aquí este apasionante tema. ¿Qué os ha parecido el post? Espero vuestros comentarios a fin de despejar dudas o imprecisiones por mi parte, o sencillamente para intercambiar opiniones.

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Por Marisa Doménech Castillo

Soy activista política comunista, blogger, youtuber, podcaster y escritora. Me gustan la psicología y los libros de autoayuda.

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